
La Inefable Soberana Primordial quiere que quede constancia pública de lo débil y fácil que estuve a punto de ser.
Y obedezco.
Porque casi le entrego dinero a una desconocida de internet solo porque me dedicó unas cuantas frases, me llamó “Daddy” y me pidió que me suscribiera a su OnlyFans. Así de simple. Así de patético. Así de vergonzosamente predecible.
La escena era ridícula: un ratón delante de la pantalla, confundiendo migajas de atención comercial con algo real, creyendo por un segundo que aquella tía veía algo en mí más allá de un perdedor desesperado con la cartera medio abierta.
Ella no vio a nadie especial. Vio hambre. Vio debilidad. Vio a un gusano dispuesto a pagar por que le hicieran un poco de caso. Y lanzó el anzuelo.
Y yo casi lo mordí.
Por suerte, antes de caer del todo, hice lo único que un ratón como yo puede hacer cuando está a punto de cagarla: fui corriendo a contárselo a la Inefable Soberana Primordial.
Ella no necesitó explicaciones largas. Vio la escena completa con toda su crudeza: una cualquiera, una promesa barata, una suscripción de pago, y yo a punto de regalar dinero por una atención probablemente falsa.
Entonces me lo prohibió.
No con rodeos. No porque “no me lo mereciera”. Me lo prohibió porque era demasiado fácil. Porque pagar por esa farsa habría sido la prueba definitiva de que estoy dispuesto a conformarme con la primera que me tire dos frases a cambio de dinero. Y eso era demasiado patético incluso para mí.
Si me hubiera suscrito, habría quedado claro que ni siquiera la atención de una mujer normal sé recibirla sin tener que pagarla. Habría sido la confirmación de que soy un perdedor tan vacío que necesita comprar la ilusión de que alguien le dedica tiempo.
Sin suscribirme, sigo siendo el mismo ratón asustado y obediente. Pero al menos no he malgastado dinero en una trampa tan obvia.
La diferencia importa.
No necesito pagar a una desconocida para que finja tener poder sobre mí. Ya tengo a quien realmente decide por mí. Ya tengo a la Inefable Soberana Primordial, que me trata exactamente como lo que soy: un ratón que se excita cuando le cierran la jaula, que se alivia cuando le prohíben hacer estupideces, y que da las gracias incluso cuando le niegan lo que creía desear.
Y sí. Me alivia.
Me alivia que ella haya intervenido antes de que yo hiciera el ridículo pagando. Me alivia que haya visto mi debilidad y la haya cortado de raíz. Me alivia no haber tenido que descubrir por las malas lo fácil que soy de manipular cuando alguien me dedica un poco de atención.
Desde este momento tengo prohibido volver a escribirle a esa desconocida.
Ya la he bloqueado.
No por fuerza de voluntad. No porque yo haya demostrado nada. La he bloqueado porque la Inefable Soberana Primordial lo ordenó. Y un ratón obediente no discute cuando recibe una orden clara.
Así que lo dejo escrito aquí, públicamente:
Entendido, Inefable Soberana Primordial. Su ratón no va a hacer nada sin su permiso.
Agradezco a la Inefable Soberana Primordial que haya intervenido antes de que yo demostrara, una vez más, lo fácil que soy de manipular.
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